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COSTA DE MARFIL. Agosto 1997 / Agosto 2005 / Agosto 2007 Imprimir E-Mail

Mi primera toma de contacto con Africa se produjo en agosto de 1997, cuando fui a pasar un mes a Costa de Marfil y Camerún para trabajar los proyectos de cooperación que nuestra ONG “Ingenieros para la Cooperación-Lankidetzarako Ingeniariak” había abierto en ambos países. Preparación previa: vacunas, repelentes para los mosquitos, Larian, etc. ¡no vaya a ser que por un mes regrese con malaria! Y todo el mundo dándote consejos, diciéndote que te cuides.

Llegas a Abidján y sí, es cierto que el contraste es notable... calor, humedad, sofoco, y la sensación curiosa de que allí todos son negros, y tu eres el raro, el blanco..., pero Costa de Marfil es un país en el que enseguida te sientes como en casa, porque el marfileño es acogedor, tiene ganas de entablar conversación, de intercambiar puntos de vista: basta un viaje en autobús, para que te despidas de tu compañero de viaje intercambiándote las direcciones.

Lo primero que me llamó la atención en Africa es que ¡todo el mundo está en la calle!, ¡todo sucede en la calle! Gente, mucha gente que camina por los bordes de las carreteras y los caminos, con enormes cargas en la cabeza; comerciantes con sus puestos en las aceras; peluqueros que ofrecen sus servicios, limpiabotas; una boda; una comida familiar... Y niños, ¡muchísimos niños!: descalzos, malnutridos, embarrados... pero alegres aun en su pobreza. Niños que cuando pasas te saludan con esa sonrisa –marfil sobre ébano- que emociona.

Regresé a Vitoria contento, esperanzado, con la sensación de haber estado en un país empobrecido, pero en marcha. Al que debíamos, sí, ayudar... pero del que también teníamos mucho que aprender: hospitalidad, confianza, convivencia, afabilidad, solidaridad, generosidad...

En agosto de 2005 ha vuelto a Costa de Marfil. Un mes en Abidján y Yamoussoukro. Residiendo casi todo ese tiempo en Yaouré, una residencia de estudiantes y centro de apoyo a la inserción laboral de Yamoussoukro, cuya atención espiritual está confiada al Opus Dei. He convivido con unos cuantos marfileños: Alain, Yannick, Simon, François, Joseph, Janvier, Wilfried, Blaise, Franck, Achille, Herman, etc., y también con varios europeos: Antoine, Txema, Pep, etc.

Mi dieta ha sido marfileña: fou-fou,  foutou, ignam o atieke. He disfrutado en los maquis, charlando de lo humano y lo divino con la gente del país. He peleado con el dichoso “anopheles”, transmisor de la malaria, que no tiene vacuna (como se nota que es una enfermedad de pobres...). He participando en la primera Misa Solemne del segundo sacerdote marfileño del Opus Dei: dos horas y media sabrosísimas de contenido e inolvidables. He visitado algunos de los poblados en los que estamos construyendo escuelas o llevando la electricidad: M'Bahaikro, Daoukro, Bocanda, Goitafla, Flaya, Zenoula, etc., en los que me ha recibido con danzas, o me han regalado una máscara, o un carnero vivo, que el 15 de agosto fue a la cazuela....

Pero también he sufrido algo que cuando estuve hace ocho años no existía: tensión, miedo, inseguridad, controles, tanquetas, fuerzas de la ONU, un país dividido, partidos políticos incapaces, una ingerencia extranjera que está destrozando –consciente y voluntariamente- el país.

La gente sigue siendo buena, acogedora, pacífica, amigable... pero la clase política y detrás de ella ciertas potencias extranjera –¡ay Chirac!-, están llevando al país al desastre.

Como nota de alegría y esperanza, el ver el gran desarrollo de la labor de la Obra en el país, el crecimiento, las numerosas vocaciones que están provocando problemas de crecimiento, la gran labor que los miembros de la Obra están desarrollando a favor del crecimiento humano, social, económico, moral, religioso de los marfileños y marfileñas.

 
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